Después de la Broken Arrow Skyrace 23K de 2025, Mădălina Florea se quedó con una pregunta muy clara en mente.
¿Cómo puedo hacerlo mejor el año que viene?
Una pregunta que encierra matices físicos, tácticos e incluso emocionales. A principios de esta temporada, en una charla con COROS, Mădălina se sinceró sobre la presión, la ansiedad previa a las carreras y el proceso de aprender a competir con más calma y presencia. La Broken Arrow se convirtió en la viva imagen competitiva de esa misma evolución: utilizar los datos no para aislar las emociones, sino para tomar decisiones más acertadas bajo presión.
El resultado el año anterior había sido sólido. Terminó segunda, pero la carrera le demostró que el estado de forma no era lo único que la separaba de la victoria. Necesitaba una estrategia mejor para gestionar el circuito.
La Broken Arrow arranca en Olympic Valley (California), asciende hacia el terreno de alta montaña de Palisades Tahoe, roza crestas expuestas a casi 2.750 metros de altitud y luego se lanza en un descenso rapidísimo, interrumpido por una última subida saliendo de Shirley Basin. Es una carrera donde la altitud, las pendientes y la resistencia muscular en las bajadas de los kilómetros finales juegan un papel crucial.
En 2025, Mădălina pudo aguantar el tipo, pero no logró recortar la distancia con la cabeza.
En 2026, el escenario era prácticamente idéntico. Joyce Njeru, doble defensora del título, volvía a estar en la salida y el recorrido no había cambiado. Para forzar un resultado diferente, el planteamiento de Mădălina tenía que ser la clave del cambio.
Conociendo el terreno y la altitud
Mădălina llegó a Tahoe tres semanas antes del día de la carrera. Entrenó en altura, reconoció el circuito y repitió tramos clave hasta entender perfectamente cómo reaccionaba su cuerpo a ese terreno.
Al principio de la concentración, completó el bucle de la carrera a modo de entrenamiento. Sus pulsaciones se dispararon más de lo previsto y el esfuerzo le resultó más duro de lo esperado.
"Le dije a mi entrenador, Greg: He entrenado para nada. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me cuesta tanto?", recuerda.
Este es el típico momento en el que las dudas podrían haber tomado el control. En lugar de eso, ella y Greg analizaron todo el contexto: estaba con la regla, todavía adaptándose a la altitud, arrastraba la fatiga del viaje y venía asimilando un bloque de entrenamiento muy exigente. Lo que sentía era real, pero no reflejaba la situación completa.
Unos días más tarde, repitió el mismo bucle.
"Cuando llegué a Tahoe, completé la vuelta en 2 horas y 31 minutos", explica Mădălina. "Luego volvimos a hacer el entrenamiento un par de días después. Esta vez terminé en 2 horas y 18 minutos".
El tiempo era importante, pero la respuesta de su cuerpo lo era aún más. Se sentía más fuerte, se movía más rápido y controlaba mejor el esfuerzo. El punto de forma estaba ahí. Ahora solo necesitaba una estrategia de carrera que respetara la altitud.

Fijando un techo de pulsaciones irrompible
El plan era sencillo: hasta la última subida, Mădălina no podía pasar de 175 vatios... perdón, de 175 pulsaciones por minuto (ppm).
"Greg me dijo que si pasaba de las 175 ppm con la altitud, no sería capaz de sostener el esfuerzo", comenta. "Así que las 175 ppm eran el límite máximo que debía respetar hasta el último repecho".
Al principio de su carrera, guiarse por el ritmo por kilómetro le daba confianza, pero en carreras de trail como Broken Arrow, el ritmo puede ser muy engañoso. El terreno, el desnivel, la altitud y el tipo de pisada cambian constantemente el precio que pagas por la velocidad. La frecuencia cardíaca, en cambio, le daba una visión real de lo que le estaba costando ese esfuerzo a su cuerpo.
"Antes me asustaba trabajar solo por pulsaciones", confiesa. "Mentalmente, me gustaba ver el ritmo porque me daba seguridad. Pero ahora me doy cuenta de que entrenar y competir por vatios de carrera o por pulso funciona de verdad".
Cuando Joyce y el resto de atletas apretaron de salida, Mădălina no salió a por ellas.
"Cuando empezó la carrera, no seguí al grupo de cabeza. Las dejé marchar", explica. "Miré mi reloj, vi las pulsaciones y pensé: Vale, esto es demasiado alto. Así que levanté el pie".
Cada vez que su frecuencia cardíaca rozaba las 175 ppm, aflojaba el ritmo. A veces solo durante unos segundos. Pero esas pequeñas decisiones mantuvieron la carrera bajo control.
"De hecho, se puede ver perfectamente en mi gráfica de pulsaciones", apunta. "Cada vez que rozaba las 175 ppm, volvía a regular. Eso fue exactamente lo que hice durante toda la carrera".

Mădălina sabía que esas 175 ppm eran un límite fisiológico real. Le dio un argumento de peso para contenerse, incluso cuando la competición la tentaba a apretar más de la cuenta.
El "Power Hiking" como arma competitiva
A Mădălina le encanta correr cuesta arriba. Sin embargo, en subidas pronunciadas y con altitud, empeñarse en correr puede disparar las pulsaciones sin aportar una ganancia real de velocidad. Caminar fuerte (o hacer power hiking) se convirtió en la opción más inteligente.
"Me encantan las subidas y me encanta correr", afirma. "Pero trabajé mucho el caminar rápido controlando el reloj. Si caminaba, lograba mantener el pulso más bajo. Así, aunque las demás fueran corriendo, yo podía seguir al mismo ritmo caminando, pero gastando mucha menos energía".
Entrenó esta faceta en la bici y en la cinta, ganando fuerza hacia arriba sin depender únicamente del impacto de la zancada.
Hasta la última subida, el power hiking formó parte indispensable de la estrategia.

El momento de vaciarse
Tras el descenso hacia Shirley Canyon, el recorrido vuelve a subir unos 170 metros de desnivel positivo hacia High Camp. Este era el momento para el que Mădălina había estado guardando fuerzas.
Hasta entonces, había controlado cada vatio y cada latido. Ahora, los datos y sus sensaciones por fin apuntaban en la misma dirección. Se dio luz verde para correr cuesta arriba. Era el momento de gastar lo ahorrado.
El ataque fue el movimiento planificado para quemar los cartuchos que le quedaban. Apretó más que en cualquier otro punto de la carrera, alcanzando un pico máximo de 178 ppm.

Se colocó en cabeza justo al inicio de la subida y pasó por el punto de control con una ventaja de 16 segundos. Desde ahí, quedaban menos de 6 kilómetros para la meta.
La bajada final exige mucha destreza técnica y, al estar al final del recorrido, muchos corredores llegan demasiado exprimidos como para tirarse rápido. Mădălina, que había preservado sus piernas, amplió su ventaja por encima del minuto.
"Cuando escuché que llevaba un minuto, pensé: Quizás hoy sea mi día", recuerda. "Entonces levanté un poco el pie e intenté disfrutarlo, tomarme mi tiempo y asimilar todas las emociones".
Para Mădălina, el rendimiento no está reñido con el disfrute.
"Cuando te lo estás pasando bien, estás más relajada y es más fácil rendir al máximo", afirma.
Empujada por esa motivación en la recta de meta, regresó a la Broken Arrow para llevarse la victoria con un tiempo de 2:02:18.
Veintinueve minutos más rápida que en su primer test de entrenamiento y, lo más importante de todo, un puesto por encima de su resultado del año pasado.
Mădălina ganó aprendiendo a escuchar al corazón: como un dato objetivo en su pantalla y como la fuerza que le permitió competir, de principio a fin, con pura alegría.


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